viernes, 17 de octubre de 2014

Antonio Cilloniz- poeta

Fotografía tomada de www.antoniocilloniz.com
 
 
Antonio Cilloniz (Perú, 1944) es poeta y Catedrático de Lengua Castellana y Literatura Española. Nació en tierras hispanoamericanas, en el distrito de Lince, en Lima-Perú. Cruzó el Océano Atlántico, para venir a España a estudiar, volvió a su tierra natal y, más tarde, a causa del golpe de Estado del General Morales Bermúdez renunció a su cargo como director de la Editorial del INC y regresa a nuestro país. Son varios los puestos que desempeñó, pero, entre ellos, me permito destacar el de Catedrático de instituto y profesor en institutos como el Ramiro de Maeztu en Madrid.
 
Pero si por algo es conocido Cilloniz -aunque debería serlo mucho más- es por su poesía. Alberto Escobar en su Antología de la poesía peruana, describía la sencillez de su arte, su dominio de la lengua coloquial o su capacidad para interpretar la anécdota con un nuevo sentido. De su obra, podríamos citar numerosos libros de poemas, pero, cabe destacar: Una noche en el caballo de Troya, "Premio Extraordinario de Poesía Iberoamericana 1985".


E.G.L.–Usted vive en España desde hace décadas. ¿Qué tiene este país para que usted pueda considerarlo como su actual "residencia en la tierra"?

A.C.– Hay un tópico muy extendido dentro de la izquierda latinoamericana según el cual el grado de compromiso de un intelectual con su pueblo –en este caso peruano– se mide no por su pensamiento o mejor dicho por la expresión del mismo, sino exclusivamente por el apartado postal de su residencia.

Yo nací en Lima en el seno de una familia que fue consecuencia de la casual confluencia de diferentes movimientos migratorios realizados en distintas épocas.

Así, mi rama materna se remonta al general Antonio de la Guerra Montero, nacido en Maracaibo, que fue al Perú con el batallón Numancia del ejercito realista combatiendo finalmente en las batallas de Junín y Ayacucho por la independencia del Perú; su hijo, el marino de guerra Antonio de la Guerra Gorostidi durante la Guerra del Pacífico con Chile comandó la cañonera Pilcomayo en el combate naval de Chipana, el monitor Atahualpa en la defensa de El Callao y fue ayudante de campo de la Presidencia de la República; su hijo –mi abuelo materno–, Antonio de la Guerra Hurtado de Mendoza fue administrador de la Hacienda Laredo de Trujillo y finalmente propietario de los fundos de Tomabal y San Ildefonso en el valle de Virú. Mi otro abuelo materno, Karl Roose, fue un emigrante alemán nacido en la Baja Sajonia, cerca de Hamburgo.

Por la rama paterna, José Manuel Cillóniz Léniz fue un vasco de Mendexa que emigró al Perú en busca de fortuna que consiguió a través de la fábrica de cigarrillos de Lima, posteriormente expropiada por la ley del Estanco del Tabaco; su hijo –mi abuelo– Carlos Cillóniz Eguren con el dinero que obtuviera en 1913 –por la indemnización de la expropiación a su padre– adquirió la hacienda San José y San Regis en Chincha. Mi otra abuela, Julia Oberti era hija de un emigrante genovés, que había llegado a Lima en la segunda mitad del siglo XIX.

Por tanto, ese crisol de razas migratorias debió de estar latente en mi código genético. Yo llegué a España por primera vez en 1961 para estudiar Filología Románica en la Universidad Complutense en Madrid; regresé al Perú durante el gobierno del general Velasco Alvarado para trabajar en el Instituto Nacional de Cultura, pero el futuro golpe del general Morales Bermúdez se dejó sentir previamente en el ámbito de la política cultural –como es lógico– y ello me condujo a dimitir de mi cargo en el Estado; ante el vacío laboral que se produjo en torno a mí persona (sólo recibí propuestas de trabajo por parte de Cuba y Bulgaria, aunque no sé si erróneamente o demasiado escrupulosamente decidí que no debía aceptar un sueldo que yo consideraba subvencionado políticamente por mi situación –de paro personal y de enfrentamiento a la regresión política) retorné a Madrid, viviendo a salto de mata hasta obtener la doble nacionalidad; con ella llegaron las oposiciones y hace un año la jubilación de la docencia en lengua y literatura.

Así pues he vivido durante décadas en España, pero en mis cambios de residencia creo ver una cierta aproximación simbólica a la patria perdida; mi peregrinar dentro de España ha sido un camino de vuelta hacia el sur y el oeste: Barcelona, Madrid, Chipiona y Ceuta.

En resumen, mi residencia en España ha significado, por una parte, un distanciamiento de la patria que –al estar ausente de ella durante tanto tiempo– me ha hecho recordarla con nostalgia, lo que ha nutrido fértilmente mi poesía, dotándola de una singularidad, muy peculiar, porque el Perú es una vertiente temática muy importante en mi poesía y porque dicha nostalgia me condujo hacia una aproximación a la tradición indígena; y, por otra parte, significó un acercamiento a un mundo que me dio nuevos amigos y familiares.

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E.G.L.–Los grandes escritores y sabios han sido preceptores de reyes y príncipes. Usted sin saberlo fue profesor de la que se convertiría en la actual reina consorte de España, Letizia Ortiz. ¿Cómo la recuerda en relación a la lengua? ¿Cómo recuerda aquella etapa? ¿Cree que se debería plantear en España un Referéndum sobre Monarquía o República o se debería mantener el consenso alcanzado por todas las fuerzas políticas y presente en la Constitución.

A.C.–Recuerdo bien cómo conocí a Letizia Ortiz, pero de la fecha no me acuerdo con exactitud. No obstante, debo aclarar que ha surgido (quizás debido a la aldea global en la que vivimos) una leyenda que la une a mí como su profesor; podría ser que yo le hubiese impartido bien lengua o bien literatura, en BUP o en COU, pero sinceramente yo no la recuerdo como alumna mía. Eso mismo me podría ocurrir con Pedro Sánchez Pérez-Castejón, actual Secretario General del PSOE, como con tantísimos otros alumnos que han pasado por el Ramiro de Maeztu y a los muchísimos de ellos que yo les di clase; es más fácil que ellos me recuerden si fui su profesor o incluso de verme solamente, pues fueron trece cursos los que estuve ahí.

La manera en que nos conocimos, Letizia y yo, fue porque su compañero sentimental de entonces, Alonso Guerrero –que había estado o todavía estaba en el Instituto como profesor de Lengua y Literatura en expectativa de destino– me pidió quedar para charlar acerca de algunos asuntos de nuestra profesión de escritores y sé que debió ser dicha entrevista no después de 1997 pues yo era todavía profesor del Ramiro, pero tampoco antes de octubre de 1992, porque cuando nos entrevistamos había ya salido la edición de El Bardo de Barcelona de La constancia del tiempo (Poesía 1965-1992); a Letizia aún la veo entrando por la puerta de la cafetería de profesores del Ramiro para sentarse a nuestra mesa, a mi derecha, y como yo dijera “pero bueno, ¿esto que es?”, Alonso inmediatamente me la presentó como su compañera; y ella asistió como convidada de porcelana a toda nuestra conversación. Desde entonces no he vuelto a coincidir con ella.

En cuanto a la otra cuestión de la pregunta, de si debería haber un referendum (sic, pues en latín no hay tildes) o mantener el consenso de la transición, considero que el tal consenso ha sido sistemáticamente negado y anulado por las fuerzas políticas que desde entonces han gobernado España; así que la pregunta quedaría sólo en si debe haber refrendo popular. La Constitución española no ha sido aplicada en su totalidad (laicidad del Estado, derecho a una vivienda digna, derecho al trabajo), pero –lo que es más grave– ha sido modificada unilateralmente para doblegar la soberanía de la nación a otras instancias extranjeras. Creo que la Constitución debe ser reformada y por tanto el pueblo debe ser consultado, no sólo por la forma de Estado (monarquía o república), sino por otros asuntos como la elección del jefe del Estado o la implementación de mecanismos de consulta ciudadana acordes con las nuevas tecnologías que poseemos, aplicadas a la política (una tarjeta electoral con la que a través de terminales electrónicos se pueda refrendar o rechazar proyectos de ley, por ejemplo, tal como ya ocurre en el plano económico con las tarjetas de crédito); y que no se haga no es por imposibilidad o por falta de ocurrencia, sino porque no interesa por parte de los partidos políticos dominantes una democracia (‘gobierno del pueblo’) auténtica y sí el mantenimiento de su “partitocracia” actual. Y el verdadero problema es que el poder no está sometido al control ciudadano, porque ni siquiera existe en España una división de poderes: el partido mayoritario del poder legislativo (que dice ostentar la representación del pueblo, es decir de la soberanía española) nombra al jefe de gobierno (que encarnará el poder ejecutivo, puesto que el Jefe del Estado reina pero no gobierna), poder legislativo y ejecutivo que en realidad son uno, pues será la jefatura de ese partido político dominante quien dé las órdenes; en cuanto al poder judicial, digamos que los miembros del Tribunal Constitucional son nombrados a propuesta de diputados, senadores y gobierno, así como los del Consejo General del Poder Judicial –por tanto por los actuales dos partidos mayoritarios, que se reparten el poder con la alternancia histórica de conservadores y liberales (a diferencia del siglo XIX, no sabría decir hoy quién es qué)– y no creo que haya un juez que no pretenda culminar su carrera en alguno de esos órganos o en ambos.

El poder electoral –la soberanía en sí– está adulterada por el método D’Hondt, por las diversas circunscripciones o por las listas cerradas; y, cuando un partido gana las elecciones por un programa político –por el que se le ha votado– y lo incumple, el gobierno en cuestión ni dimite ni hay quien le obligue a cumplir su programa, que es un contrato público suscrito con la soberanía popular. Para qué hablar de los poderes fácticos, la banca o los medios de comunicación; el principal medio de comunicación, la televisión, cuenta con canales estatales que están bajo un cierto control de gobiernos locales, autonómicos y nacional, pues estos nombran los consejos directivos; e igual la banca en el caso de las cajas de ahorros. ¿Es que no haría falta volver a legislar sobre estos asuntos, esto es, no es absolutamente perentorio realizar un nuevo consenso?

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E.G.L.–Grandes poetas fueron catedráticos de instituto, basta con recordar a Antonio Machado. ¿Qué aporta el ser formador a un poeta como usted?

A.C.–Efectivamente la docencia influye en los hábitos y en el talante de uno mismo, que luego regirán nuestros actos, no sólo los poéticos. Así, yo he sido profesor de lengua castellana y de literatura española y universal durante cuarenta y tres años, pero antes de ser profesor fui alumno, por tanto la docencia ha influído [sic, porque la RALE no siempre tiene razón] desde mi niñez como alumno y hasta la vejez como profesor.

Realicé los estudios primarios y secundarios en el colegio de los jesuitas de Lima; eso ha sido enormemente determinante en mí, en general, forjando el carácter que suelen imprimir ellos a sus alumnos, voluntad y racionalidad –voluntad que en mi caso se ha traducido en una constancia en la creación poética– y, en particular, orientando mi vocación, pues a los catorce años –en tercero de media– tuve como profesor de literatura al padre Jesús Valverde S.I. y gracias a él descubrí la poesía e incluso fuera de sus clases me ayudó a descubrir otros poetas ajenos al plan de estudio: Eguren, Chocano, Vallejo o Florián –entre otros poetas peruanos– o Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca o José María Valverde, su hermano, entre los españoles; él me fue guiando también en mis primeros pasos como “autor” y fue también quien me facilitó en 1961 una entrevista en Sant Cugat del Vallès con su hermano durante mi residencia en Barcelona. Después llegaría mi prolongada residencia en Madrid, que empezaría con mis estudios de Filología Románica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense; ahí fue cuando hube de echar mano de la otra vertiente jesuítica, la racionalidad, porque la gramática que hasta entonces me habían enseñado en el colegio era absolutamente irracional e incomprensible para mí y –como en la Facultad daban por hecho nuestra sólida formación gramatical– tuve que racionalizarla yo mismo por mi cuenta.

Todo eso me sirvió para que después como profesor de lengua intentase siempre presentar la gramática desde una óptica más lógica y con un grado de coherencia mayor, procurando la máxima racionalización de la misma. Como profesor de Literatura –pues antes del desaguisado socialista de la LOGSE la lengua y la literatura conformaban asignaturas independientes (la vinculación de la lengua está vinculada a todo, a los registros coloquiales, familiares, científicos, tecnológicos, jurídico-administrativos, publicitarios y no sólo literarios, mientras que la literatura tiene una vinculación mayor con la historia y la filosofía, no solamente con la lengua, cuyo registro desvía hasta el punto de convertirlo en habla propia o escritura)–, el hecho de ser escritor me permitía desterrar numerosos mitos en torno a la creación, la función literaria o los valores estéticos, entre otros; y yo no representaba más que un período en todo el proceso formativo del alumno en literatura, aportando –gracias a la pluralidad de tipos de profesores de literatura (los que son meros transmisores de conocimientos o los críticos como era Miguel García-Posada o los creadores como fue Gerardo Diego)– mi perspectiva.

Aunque lo más importante es que docendo discimus, esto es que enseñando aprendemos; tratando de clarificar y simplificar al máximo todos los temas lingüísticos o literarios para su comprensión por los alumnos, a mí a su vez me fue proporcionando mayor claridad y simplicidad ante los fenómenos literarios o lingüísticos, y estando tan cerca –como observador privilegiado a través de muchas generaciones– de las múltiples interpretaciones y opiniones acerca de las obras literarias del programa, me ayudó a reflexionar sobre las diversas maneras que un público en general podría reaccionar ante las mías. Pero la integración mayor entre la docencia y la creación literaria se dio a través del Aula de Poesía José María Valverde del Ramiro de Maeztu, que yo fundara en septiembre de 1988.

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E.G.L.–¿Qué importancia cree que tiene la literatura oral en la génesis de la narración en América?

A.C.–La oralidad en el caso de la América del Sur, presenta una vertiente muy importante, que es la de la literatura vernácula; como es de dominio público, el quechua no poseía escritura y en consecuencia no sólo la literatura quechua –tanto la narrativa como la poesía– sino cualquier elemento cultural se transmitía oralmente. Por otra parte, el hecho de que la lengua quechua no poseyera escritura determinó que la población del Tahuantinsuyo a la llegada de los españoles fuese íntegramente analfabeta, que no significa inculta sino de tradición oral.

Al margen de la literatura realizada por los españoles sobre América desde España (los cronistas de Indias) o en el nuevo continente (los cronistas en Indias) como sería el caso de Pedro Cieza de León en el Perú, hubo una narrativa mestiza basada en los testimonios orales de la parentela del autor: nos referimos al Inca Garcilaso de la Vega. Todo esto es extrapolable a los mayas, aztecas, mapuches, aymaras o guaraníes (por no mencionar a las numerosísimas etnias amazónicas), aunque no en la misma medida, pues en México y Guatemala sí hubo escritura (excluímos América Central, porque su población y por consiguiente lengua y cultura fueron aniquiladas en los primeros años de la conquista).

Con la evangelización instrumentalizada por los conquistadores a través de los misioneros españoles (que no sólo pretendían la sustitución de una religión por otra, sino el dominio cultural –y por tanto social–, para garantizar la estabilidad de su poder político y económico) llegó la alfabetización de la población aborigen, pero en ningún momento detuvo o destruyó la oralidad, pues ésta fue vehículo de resistencia y de supervivencia cultural y consecuentemente abrigo de esperanzas de recuperación de sus poderes –político y económico– perdidos. Lateralmente puedo añadir que se prohibió la circulación de novelas en la América bajo el dominio castellano.

Podríamos decir que la literatura hispanoamericana se caracteriza, en general, por la existencia de dobles vertientes: de un lado, bien una orientación indígena o bien europea; de otro, bien una tendencia hacia el lenguaje coloquial o bien hacia el registro literario; o, por último, bien una literatura mundana (de vitalidad existencial) o bien bibliófila (de esencia intelectual). Dobles vertientes que responden todas ellas a una sola dualidad: su motivación dada bien por un espíritu popular o bien por un carácter culto. Otras características como el barroquismo, la fantasía, la exuberancia no las considero tan definidoras del conjunto.

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E.G.L.–Félix Grande afirmó que Vallejo llevó su infancia sobre sus hombros como "un saco de pus y de pan". ¿Comparte esta afirmación?

A.C.–No hay que tomarse tampoco muy al pie de la letra –pienso yo– la afirmación de Félix Grande; desde mi punto de vista, Félix echa mano de una metáfora –como buen poeta que era–, para decir que su infancia pesaba sobre sus espaldas, aunque lo del “saco de pus y pan” (un tanto a lo Émile Zola) a mí personalmente me desagrada. Pero también me extraña lo de la infancia. Vallejo pasó estrecheces durante toda su vida, es cierto, así como sufrió incomprensiones; pero si algo de amable hubo en su vida fue su augusto padre, la madre –amorosa llavera–, Aguedita, Nativa, Miguel, en definitiva su hogar, con sus corrales y sus gallinas, su Santiago de Chuco, con sus vecinas, o sea, su infancia. Otra cosa será el entorno: Tamboras, Quiruvilca, las haciendas Tulpa, Racracancha y Roma, el Santiago de Chuco del primero de agosto de 1920, el Trujillo de la cárcel.; lo que a Vallejo le duele es en un principio el Perú y finalmente España sin que por ello deje de amar la humanidad, incluyendo en ella a los buenos y a los malos.

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E.G.L.–¿Qué significaron para el principio de su trayectoria poética los maestros de la poesía hispanoamericana?

A.C.–En América, para un lector de habla castellana muchas veces la literatura española le queda más a mano que la hispanoamericana. Ya he referido cómo mis primeras lecturas autónomas en poesía fueron Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca, junto a José María Eguren, José Santos Chocano y César Vallejo. Y durante mi adolescencia quizás mis escritos fuesen ecos de todas esas voces. Evidentemente detrás llegaron Rubén Darío, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, entre muchísimos otros más, pero los que más me han influído tal vez hayan sido poetas extranjeros, esto es, de otras lenguas: Brecht, Li Po, Po Chu I, Tai Fu, Whitman, T. S. Eliot, Henri Michaux, entre muchos otros.

Lo más significativo en mi trayectoria poética inicial quizás fuese no tanto las lecturas, sino el haber nacido y crecido hasta conformar mi personalidad en una  sociedad heterogénea, étnicamente plural y convulsa por la injusticia y desigualdad económica, la desigualdad social o incluso la discriminación política y social, cuya cultura evidentemente estaba fragmentada y en consecuencia sin una única tradición, situación que permite tratar el idioma, los temas o las técnicas y formas literarias con mayor autonomía e idiosincrasia.

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E.G.L.–¿Cree que la poesía hispanoamericana se ha visto subordinada, en cierta medida relegada por el "boom" de la narrativa? Parece que ese "boom" de novelas universalmente conocidas y leídas ha dejado en un segundo plano a muchos poetas valiosísimos como lo es usted. Vemos que esto también sucede en España, en nuestros días, donde las novelas copan los primeros puestos de venta mientras que apenas se conocen los poetas.

A.C. La pregunta en realidad es una clara y certera explicación de lo que ha ocurrido con la novela y la poesía durante este último medio siglo.

JRJ ya dedicaba su obra “a la inmensa minoría” y eso en otros tiempos –no tan malos para la poesía– en los que José Ortega y Gasset afirmaba –aunque sin razón– la muerte de la novela. Lo que pasó a partir de los 60 es necesario explicarlo algo detalladamente.

El “boom” de la narrativa hispanoamericana no es más que una estrategia editorial para ganar mercado; no significa ninguna partida de nacimiento de la novela hispanoamericana –salvo para los no ilustrados– pues cualquier compendio actual de historia de la novela hispanoamericana del siglo XX habla de Los de abajo, La vorágine, Don Segundo Sombra, Doña Bárbara, Raza de bronce, Huasipungo, El mundo es ancho y ajeno o El señor presidente; y, anteriores al “boom” fueron también Borges, Carpentier, Lezama Lima, Rulfo, Arreola, Onetti, Sábato, Roa Bastos o José María Arguedas. Y no he mencionado ni todas las obras importantes ni a todos los autores fundamentales.

Todo se remite a Carlos Barral, desde que entra en el negocio familiar de los Seix y los Barral en los años 50; la editorial Seix-Barral hasta entonces se dedicaba fundamentalmente a libros escolares y literatura infantil y juvenil. En los últimos años de la década de los cincuenta, la editorial –de la mano del poeta Barral y amigos asesores como Gabriel Ferrater, José María Valverde o José María Castellet, entre otros– emprende una serie de proyectos orientados casi todos hacia la narrativa fundamentalmente, consistentes en premios y colecciones: el Premio Biblioteca Breve de Novela (1958-1972), el Prix Formentor y sus correspondientes colecciones Biblioteca Formentor (desde 1962) y Biblioteca Breve. La intención era recuperar el espacio editorial perdido en España por el éxodo de intelectuales que la guerra civil produjo y que supuso la creación de dos centros de propagación literaria: México y Buenos Aires; otro centro de irradiación literaria surgirá a finales de los 50 y principios de los 60 con mayor atractivo quizás: La Habana. Otro factor –que garantizaría el éxito al proyecto de Barral al proporcionarle una repercusión que sobrepasaría sus propias expectativas– fue que Carmen Balcells (después de adquirir la agencia literaria de Vintila Horia) negociara con Barral llevar los derechos en el extranjero del fondo editorial de Seix-Barral. El resultado fue doble: de una parte la renovación de la narrativa española (Martín Santos, Marsé, García Hortelano, Juan y Luis Goytisolo o Fernández Santos) y de otra la difusión en España de “nuevos” narradores hispanoamericanos o “seminuevos”  o en Hispanoamérica (debido a los conciertos de Seix-Barral con Sudamericana de Argentina y Joaquín Mortiz de México) y de ahí su internacionalización (gracias a Balcells): Mario Vargas Llosa, Leñero, Cabrera Infante, Cortázar, Fuentes o el mismo García Márquez, con quien quizás Barral diese muerte al “boom”, posiblemente a partir del segundo lustro de los 60 (cuando retuvo en su escritorio durante un año el manuscrito de Cien años de soledad, posibilitando que lo publicara después con enorme éxito López Llausás) y más claramente en 1970 al salir de Seix-Barral y fundar Barral Editores.

Queda claro que la difusión de una obra y el reconocimiento de un autor dependen absolutamente de los editores, dicho de otro modo, los editores son los primeros responsables del silenciamiento de obras y autores. Aunque los editores siempre se justificarán argumentando un simple problema empresarial que contempla una inversión económica para unas previsiones de ventas nulas, refutación que siempre esgrimirán tratándose de poesía, puesto que para ellos la literatura no es más que un fenómeno comercial. Y, efectivamente, la gente no demanda casi poesía y sí –mayoritaria e indiscriminadamente– novela; al punto de preferir leer una novela discreta antes que un poemario excelente. Es sabido que la novela tiene una estructura más abierta y una técnica y retórica más porosa, por lo que en general (salvo excepciones tipo Ulises de Joyce, que también vende poco) ofrece menos dificultades de lectura o exige menos formación lectora que la poesía, cuyas cualidades son fundamentalmente la sugerencia, el misterio, la brevedad, la intensidad, la emotividad, la sintagmaticidad, la opacidad, la ambigüedad, por no mencionar sus diferentes clases de distorsión lingüística.

Con esto no quiero ocultar la responsabilidad de quienes debían haber formado en la escuela la sensibilidad estética y literaria de ese público que hoy no demanda poesía; pero tampoco quiero restar la importancia del papel que muchas veces la crítica (incluída la académica) no ejerce o ejerce erróneamente, ni muchísimo menos silenciar nuestra culpa –la de los poetas– al dar por buenos poemas los que no lo son.

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E.G.L.–Usted afirmó "Que vienen en son de paz y guerrean". ¿Abundan hoy en día los lobos con piel de cordero en nuestras instituciones?

A.C.–Si la pregunta se refiere a las instituciones españolas actuales, yo diría que no; no hay lobos vestidos de cordero hoy en día en ninguna de ellas. Lo que yo pienso es más bien que al pastor lo han mandado de safari o de paseo y han dejado al lobo al cuidado de las ovejas; y detrás del lobo ha llegado después el resto de la jauría con sus lobeznos.

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E.G.L.–¿Cree que la poesía debe ser comprometida con la sociedad como lo creyera Neruda en su segunda etapa o Vallejo en muchos poemas como "Masa", o debe hundir las raíces en la "residencia propia", en los cimientos del propio sujeto como vemos en Los heraldos negros? Dicho de otra manera, ¿usted se sitúa más en la vertiente de una poesía social, subjetiva o en ambas?

A.C.–A lo largo de la historia siempre ha habido tres actitudes fundamentales de los escritores respecto de la sociedad, esto es, su “visión del mundo” o, si se prefiere, su concepción de la función de la literatura, que en realidad no es más que la definición de “su” literatura: las dos primeras y principales han sido muy conocidas como literatura comprometida y no comprometida, esto es, la que se cuestiona su sociedad o la critica y la que no sólo no lo hace sino que la ensalza o justifica; la tercera actitud sería la de la evasión de la realidad. A los resultados de la primera actitud se le ha llamado comúnmente literatura o poesía social, pero en realidad toda literatura o poesía es social por naturaleza en tanto que es un signo en un acto de comunicación (artística, estética, literaria, pero comunicación de ese signo). Por eso no creo que la disyuntiva resida entre poesía social o poesía subjetiva, sino entre poesía objetiva o subjetiva (algo parecido a la problemática del teatro en cuanto a una interpretación dramática brechtiana o stanilavskiana); e incluso se podrían introducir nuevas disyunciones en ambos casos: al margen de si el compromiso social se da o no, y de si éste es presentado de un modo objetivo (piénsese en la escritura de José Hierro, por ejemplo su poema “Réquiem”) o subjetivo, creo que la misma pregunta plantea unos paradigmas muy diferenciados en cuanto al tratamiento o expresión de su compromiso social; no sólo Neruda es más objetivo, sino descalificador, cayendo incluso en el insulto y por tanto, a pesar de su pretendido compromiso político social y comunista, cae en su propia descalificación, es decir en la intolerancia, en términos marxistas en la antidialéctica y por consiguiente en el dogmatismo; Vallejo, por el contrario, sea objetivo o subjetivo, siempre realiza la síntesis (implícita o explícitamente) entre la tesis y antítesis que proponen o sugieren sus poemas. Ésta es la diferencia fundamental en mi opinión entre Vallejo y Neruda,  porque el peruano nos lleva hacia un modo nuevo de sentir, de ver y de entender el mundo, mientras que el chileno hace que nos atrincheremos en su mundo.

En resumen, yo me considero más cercano a la visión del mundo y concepción artística de Vallejo que a la de Huidobro o Neruda.

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E.G.L.–¿Cree que la vida del poeta marca la lectura de su poesía? Expresado de otra forma, ¿piensa que si un poeta vive sucesos extraordinarios como el exilio, o cosas así, su poesía va a ser valorada de otra forma?

A.C.–Cómo va a ser valorada la obra de uno es cuestión del conjunto de los lectores y, en todo caso, de la crítica; en mi opinión –y lo digo también como lector de las obras de los demás escritores–, se pueden realizar dos aproximaciones muy distintas: una, totalmente objetiva, centrada en la obra misma (como sería el caso de no contar con datos de su entorno textual, literario, histórico-social y biográfico, o –de tenerlos– hacer omisión de ellos), lo que nos llevaría a una recreación simple y superficialmente lúdica o estética, y otra más crítica o contextualizada, donde se pasa de una lectura inmanente a otra trascendente. En este último caso la condición de exiliado puede influir en nuestra valoración. Desde el punto de vista de la génesis de las obras es indudable que los diversos entornos influyen y no poco en el proceso creador y por tanto en su resultado.

En mi caso el exilio ha marcado muchísimo mi obra y de varias maneras: no únicamente mediante el tema del exilio en sí, sino prestándole una desusada atención al Perú, a través de la añoranza, el recuerdo o incluso la imaginación, que a su vez conduce a un conocimiento mejor y una comprensión mayor. Pero –dejando a un lado los aspectos temáticos antes aludidos, aunque sin desdeñarlos– el exilio ha sido muy determinante en mi escritura hasta el punto de ser considerado por la crítica peruana como un marginal (José Miguel Oviedo) o un insular (Ricardo Falla) dentro de mi generación –que yo he definido como del ’68 y no del ’70 como propone la mayor parte de la crítica peruana– y eso quizás haya también propiciado la denominación de periférico que señalan en mí, tanto Víctor Fuentes como Vicente Cervera Salinas.

Pero la pregunta implicaría otra consideración más, si la lectura (o valoración) de la poesía se refiriese al contexto francés y no al español. Porque en Francia la nacionalidad de los poetas la marca siempre y sólo la lengua y no su lugar de nacimiento; una antología poética francesa incluye a Léopold Sedar Senghor o a Aimé Césaire, mientras que una antología poética española excluye a los diversos poetas hispanoamericanos (Rubén Darío –y posiblemente algún otro– es la excepción que confirma la regla); hasta Federico de Onís llamó a su célebre compilación poética de habla castellana Antología de la poesía española e hispanoamericana (1882-1932) y, digo yo, ¿por qué nos parece normal meter en el mismo saco de hispanoamericana a Argentina y México y no también a España?; ¿es fruto de un eurocentrismo español, que no ve la diversidad americana, distinguiendo únicamente la suya? Y ésta es la clave, porque el exilio no significa exclusivamente un trasterramiento del suelo patrio (con la riqueza formal y temática que ello entraña, como hemos visto) sino un desterramiento de ambas literaturas, de la española por considerársele extranjero y de la de su propio país por su silenciamiento en España.

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