jueves, 18 de septiembre de 2014

Vicente Cervera Salinas- Poeta y Catedrático de Literatura Hispanoamericana


 
 
Vicente Cervera Salinas (Albacete, 1961) es Catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Murcia, pero su dedicación a la literatura va más allá de su labor investigadora o docente, la poesía forma parte de su vida y esto puede ser comprobado con solo leer alguno de sus libros, entre los que se puede citar De Aurigas inmortales, El alma oblicua o Escalada y otros poemas, este último prologado nada menos que por el fallecido José Emilio Pacheco, uno de los grandes poetas hispanoamericanos.
 
Enrique Gambín López- ¿Cuál fue el motivo por el que tomara la decisión de especializarse en Literatura Hispanoamericana y comenzar su investigación hasta llegar a ser catedrático?

            Vicente Cervera Salinas -Tiene un nombre propio: Jorge Luis Borges. La lectura de su Obra Poética fue para mí una auténtica revelación y, cuando tuve la opción de escoger un tema para mi Tesis Doctoral, me inicié en el ámbito de investigación sobre la literatura hispanoamericana de su mano. Fue el Maestro en las puertas del laberinto. Hay que tener en cuenta que por entonces (hacia 1986), los estudios académicos y universitarios sobre la poesía de Borges eran más bien escasos, en relación a la maraña de referencias bibliográficas sobre su obra narrativa. Sin embargo, lo que verdaderamente me entusiasmó fueron sus poemas y su concepto de la poesía.

 

E.G.L.- ¿Cómo fueron sus comienzos como poeta?

            V.C.S.- Recuerdo haber compuesto poemas y letras para canciones desde mi infancia. Con ocho años ya tenía algunas composiciones memorizadas, cuya inocencia tenía el encanto de lo improvisado, divertido y natural. En general eran letras que componía mentalmente para canciones que yo mismo inventaba tarareando. El hecho de que mi padre, José Cervera Tomás, nos recitase a los hermanos poemas desde niños fue muy importante en mi caso para desarrollar un instinto lírico y musical, así como una afición a la memorización de poemas. Hay referencias a esta etapa de mi vida en poemas como “Azul heraldo” o “Ánfora”, incluidos en “Escalada y otros poemas” (2010).

            Si hemos de hablar de comienzos como poeta en el sentido de obra publicada, entonces tendremos que avanzar hasta los años noventa, cuando publiqué mi primer poemario, De aurigas inmortales (1993), que contenía textos escritos desde mediados de los ochenta hasta la fecha de publicación. Desde entonces hasta ahora, he publicado tres poemarios más.

 

E.G.L.- ¿Cómo definiría la poesía como forma de vida y como género? Aquí he de aclarar que me refiero a la Poesía, al espíritu que movió a Bécquer y no a la poesía (con minúsculas).

            V.C.S.- Partidario como soy de la tradición romántica alemana, no puedo dejar de evocar el espíritu de los iniciadores del movimiento, en especial de Novalis, para quien era evidente la necesidad de “romantizar el mundo”. Su significado, que intenté desvelar en mi ensayo La Poesía y la Idea. Fragmentos de una vieja querella (2001-2007), supone una modo distintivo de estar en el mundo, de experimentar la relación entre el yo y la realidad, desde la emoción, pero también desde la consciencia máxima. La poesía es, para mí, la verbalización de una impresión o experiencia que deja una huella en nuestra alma. Por verbalizar entiendo no sólo la necesidad de escoger las palabras adecuadas, sino también la de formalizar esa emoción de modo bello y unitario, aunando las enseñanzas idealistas de Platón con el imperativo material aristotélico: materia y forma en poesía. Para ello es preciso construir nominalmente un texto donde el sentimiento primigenio renazca, pero restaurado por el arte poética de un modo “eterno”.

 

E.G.L.- Algunos poetas como Espronceda, muy reivindicativos hasta a veces llegar al grito, son menospreciados. Desde su óptica como poeta y experto en literatura. ¿Desde qué tamiz cree que tendrían que ser mirados poemas como Canto a Teresa o sus poemas sociales?

            V.C.S.- La poesía no admite adjetivos que la definan, aunque sí que la identifiquen con unas tendencias, movimientos o esquemas ideológicos. Y José de Espronceda, por muy menospreciado que pueda estar en determinados sectores puristas, escribió Poesía. El hecho de que su obra haya trascendido, se haya leído y aprendido, se conserve en la memoria colectiva y haya calado tan hondamente en la historia de nuestra literatura y nuestra cultura ya le hacen merecedor de un respeto, al margen de nuestros gustos. No creo que la subjetividad deba prevalecer como único patrón valorativo. El Diablo Mundo (con su Canto a Teresa, que tú citabas, o El estudiante de Salamanca son obras desiguales en sus méritos, sin duda, pero que conservan un hálito poético indudable, alcanzando momentos magníficos y memorables, si bien su obra no haya perseverado en la tradición más esencialista o intimista, que haría trascender a Gustavo Adolfo Bécquer como epítome del poeta romántico español.

 

E.G.L.- ¿Se ha perdido el concepto de poeta maldito y rebelde consentido?

            V.C.S.- Se ha adocenado y vulgarizado más bien. El poeta maldito lo fue en una época en que determinados comportamientos antisociales, un modelo de vida o de conductas extremadamente marginales o anti-convencionales derivaron en expresiones poéticas afines a esa conducta transgresora en relación a la sociedad del momento. Pensemos en Charles Baudelaire, en Paul Verlaine, en Arthur Rimbaud, por ejemplo.

            Hoy en día nos hemos quedado con el estereotipo de lo maldito, y se aplica indiscriminadamente a quien repite algunas conductas o comportamientos que en su momento pudieron ser censurados, pero que hoy en día no tienen la misma repercusión, sin duda.

            Me temo que nuestra sociedad actual se mueve excesivamente por modelos estereotipados, y eso termina restando originalidad, personalidad, unicidad y autenticidad a las manifestaciones artísticas y humanas en general.

 

E.G.L.- El "yo" en la poesía, en la lírica, es un tema muy discutido. Es un "yo" distinto del "yo" narrativo homodiegético, es un "yo" que, como diría Kafka, es a la vez "Él".  ¿Cuál cree que el hilo de Ariadna, por así decir, del "yo poético", lo que lo hace diferente y único frente a otras formas?

            V.C.S.- En mi ensayo La poesía de Jorge Luis Borges: historia de una eternidad (1992) establecí un catálogo de voces poéticas, basándome precisamente en sus grados de cercanía o distancia en relación al autor del texto. En ese sentido, considero que una voz poética tiene el mismo derecho a crear todo tipo de personalidades poéticas que se le reconoce sin extrañeza a una voz narrativa. Por ello contaríamos con voces poéticas más implícitas o más explícitas, y dentro de estas habría algunas más identificables y otras, menos. Los “monólogos dramáticos” darían buena cuenta de este proceder. Escribir un poema desde el yo no significa siempre que ese yo sea una simple proyección del autor histórico. Recordemos la magnífica prosa poética “Borges y yo”, donde justamente el vate argentino ironizaba sobre esa identificación perversa entre las dos figuras.

            No obstante, el “yo poético”, por regla general articula su creación desde una instancia cercana, como dijimos antes, a la recreación de un sentimiento, emoción o experiencia muy vívidos, que precisan reproducirse en la arquitectura de un poema, por lo que esa recreación convierte al género poético en algo más cercano al “presente”, aunque ese presente sea una “presencia” de algo acaecido en un pretérito nebuloso, o incluso algo meramente imaginado o proyectado hacia el porvenir.

 

E.G.L.- Al leer un poema, el tiempo se colma de actualidad. ¿Cree usted que el poeta instala sus creaciones en una "presentez"?

            V.C.S.- El término “presentez” no me convence, Enrique. Prefiero, con Octavio Paz, el término “presencia”, como “manantial del presente”.

            Así es, como hemos visto antes: el poema se hace eterno ya que el poeta ha conseguido acrisolar en palabras una experiencia determinada. Esto supone que ha escogido las palabras precisas y necesarias, así como la estrofa, el verso, la rima (en su caso), los acentos, el ritmo, las cadencias y las figuras retóricas adecuadas para que esa expresión se haya fijado de manera hermosa y “definitiva”. Todo ello, toda esa magia (pero también toda esa elaboración: esa labor o mester poético) posibilita la actualización del poema, donde las palabras se colman de una presencia viva. Así surge ese “tiempo poético” que –como bien dijo Gaston Bachelard- también es un “tiempo metafísico”.

 

E.G.L.- Antonio Machado dice que "al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo"; señala que el poeta "profesa más o menos conscientemente una metafísica existencialista en la cual el tiempo alcanza un valor absoluto". Esto va más allá del tópico heraclitiano. A la luz de los versos de Machado: "Ni mármol duro ni eterno/ ni música ni pintura/ sino palabra en el tiempo." , ¿cuál es la interpretación que usted hace sobre estas palabras de Machado?

            V.C.S.- La poesía establece una misteriosa dialéctica entre el tiempo y la eternidad, por lo que ya he comentado previamente. Machado, discípulo de Henri Bergson, concibe la experiencia poética inserta en la noción de “durée” bergsoniana: el tiempo como “continuum” o prolongación mantenida, pero viviente y, por tanto, cambiante también, de las cosas. Al ser mutable remite a Heráclito, pero al tratarse de una continuidad permanente de todo lo vivido, de algún modo el tiempo pasado está en esa gran bola de nieve que es el momento presente, un tiempo-duración que va creciendo y agrandándose, pero en cuyo interior perdura toda la sustancia de lo que fue. Parménides convive así en su idea de la permanencia con la realidad fluyente de Heráclito. Machado, sabiamente, conjuga ambas ideas: la poesía es la palabra en el tiempo; el poeta –en efecto- piensa (medita, compone, crea) en el tiempo, pero su creación tiene una relación de amor con lo permanente, puesto que también “en el tiempo” el poema se repite a sí mismo siempre que se vuelve a leer o recitar. Borges lo expresó de modo diáfano en su “Arte poética”: “También es como el río interminable/ que pasa y queda y es cristal de un mismo/ Heráclito inconstante, que el mismo/ y es otro, como el río interminable.Vemos aquí como Borges no contrapone lo que pasa y lo que permanece, sino que insinúa que la poesía es un río que fluye, pero que siendo distinto conforme pasa, y siendo “otro”, no deja por ello de ser el mismo río “interminable”.

            Además, y si me permites explayarme, Machado deja también claro que la poesía, por mucho que la cotejemos con otras expresiones artísticas, siempre será creación temporal (algo que comparte con la música, pero que lo diferencia de la dimensión estática de un cuadro o de una escultura), pero que –frente a la música- precisa de la palabra, materia fónica y significativa, mucho más compleja en su naturaleza que un sonido musical. Tal vez por ello Rubén Darío le hará decir al poeta de “El velo de la reina Mab” que “el ideal flota en el azul”.

 

 

E.G.L.- ¿La poesía es más un espacio colmado de tiempo o un tiempo espacializado en el que se instala el poeta?

            V.C.S.- Ya te respondí antes. Es tiempo metafísico que se formaliza a través de las palabras. Su espacio es el poema. Su tiempo está vertebrado en el espacio del texto, pero se torna vivo y fluyente de nuevo cuando es recreado en una lectura. Imagínate que pudiésemos envasar la luz. La luz es el poema, no el recipiente. Pero gracias al recipiente, la luz volvería a esplender cuando lo destapásemos. Estaría viva y “contenida” al mismo tiempo.

 

E.G.L.- La poesía tiene muchos vínculos con la filosofía. En muchos poetas el logos está especialmente presente. Un ejemplo paradigmático es el gran Jorge Luis Borges.

            V.C.S.- Aquí he de remitirte a mi trabajo La poesía del logos, donde estudié la dimensión filosófica de la poesía en Borges. En La Poesía y la Idea. Fragmentos de una vieja querella establecí una distinción entre los poetas del “logos” y los del “mythos”, es decir, los que aspiran a la idea universal a través de la palabra concreta, y los que tienden a la particularidad a través del culto verbal o subjetivo. Frente a la expresión clásica y paradigmática estaría la lírica vanguardista y lúdica, aquella que prefiere jugar con las palabras y buscar la sugestión de lo desconocido. Ambas son valiosas y dignas de respeto, por supuesto, y tal vez no están tan alejadas como parece.

 

E.G.L.- Usted ha publicado obras de ensayo sobre literatura, es poeta y además, amante de la poesía (todo poeta debería serlo). ¿Cuál cree que son los principales vínculos entre ensayo y poesía, entre pensamiento y poesía? Evoco automáticamente con esta cuestión a Octavio Paz.

            V.C.S.- No todos los poetas han ensayado sobre la creación poética, pero los que lo han hecho, han creado textos ensayísticos magníficos: piensa en Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Jorge Guillén o Luis Cernuda, en la poesía española de la primera mitad del XX, o en Octavio Paz, Julio Cortázar, José Lezama Lima, Severo Sarduy o José Emilio Pacheco, en la hispanoamericana de su segunda mitad. Alfonso Reyes decía que el crítico nacía del propio artista, cuando era capaz de distanciarse y contemplarse a sí mismo en un movimiento especulativo y asimismo creativo, pero en segundo grado. Oscar Wilde defendía al crítico como artista, y poetas y ensayistas de finales del siglo XIX, como José Martí, defendieron los mismos valores fraternales y el mismo culto pasional a la poesía como “hierro” fecundante en sus poemas y en sus ensayos. Desde luego tienes razón en citar a Octavio Paz, que habló de modo tan lúcido sobre la inspiración poética en El arco y la lira.

 

E.G.L.- García Márquez ha dejado huérfano el mundo de la literatura, especialmente el de la Hispanoamericana. ¿Cómo resumiría en unas palabras la importancia que este gran autor ha tenido en la historia?

            Consiguió aunar el reconocimiento de la academia (Universidades, especialistas, investigadores, etc.) con el culto de los lectores de toda condición, desde los menos instruidos a los más voraces lectores sin títulos académicos. Esa valoración unánime en cuanto a la grandeza de su obra desplegó hasta dimensiones inauditas su difusión, internacionalizando la literatura hispanoamericana y desgajándola para siempre de la pátina regionalista o nacionalista que hasta la aparición de Cien años de soledad había tenido, al margen de la valoración artística de dicho acervo novelístico previo al colombiano.

            Otra manera de ponderar sus méritos es reconocer que su obra revela el arte de la narración en estado puro: la capacidad de instalarse en un registro de relato tan sugerente como germinativo. García Márquez narra “rizomáticamente”, que diría Deleuze, es decir, sus narraciones proliferan y se expanden de modo natural y genuino. Sabe contar como si aquello que nos relata fuese vital para los lectores, y su simulación de “maquina infinita de narrar” termina siendo su más genuina baza como escritor, porque compone de manera perfecta sus materiales y conoce de antemano cuáles serán las fronteras de su relato. Es un mago en el arte de narrar.

 

 

1 comentario:

  1. Fantástica entrevista. Es un auténtico placer aprender de los Maestros, y, sin duda, Vicente Cervera lo es. Sus insondables y amplísimos conocimientos y su exquisita sensibilidad, así como su trato amable y cercano, hacen que su figura resalte de modo singular. La Universidad de Murcia puede sentirse afortunada de contar con él entre su nómina de profesores.

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