lunes, 16 de julio de 2012

Guillermo Carnero- Poeta

ENTREVISTA A GUILLERMO CARNERO
por Enrique Gambín López
 
Guillermo Carnero (Valencia, 1947) es un célebre poeta y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante. En el 2000 recibió el Premio Nacional de Poesía por su obra Verano Inglés. En 2002 recibió el Premio Fastenrath que otorga la Real Academia Española. Su última obra,Cuatro noches romanas, fue publicada en 2009 .
Enrique Gambín López-¿Cómo se define?
Guillermo Carnero- Alguien que vino al mundo en un siglo equivocado.
E.G.L.- Un libro.
G.C.-La rama dorada, de James Frazer.
E.G.L.- Un autor.
G.C.-Góngora, Wordsworth, Schubert, Brahms, Mahler.
E.G.L.-  Una película.
G.C.-Ludwig, de Visconti.
E.G.L.-- Un actor
G.C.-Gary Cooper.
E.G.L.-  Es usted un vivo ejemplo de que las ciencias (estudió Económicas) y letras (es poeta y doctor en Hispánicas) son compatibles… ¿le llenan más las letras?
            G.C.- Con un poco de esfuerzo, todo es compatible; el tópico que hace del poeta un ingenio instintivo y lego ha de superarse. La poesía resulta de la síntesis de emoción y de reflexión.  El pensamiento de quien se dedica a la enseñanza de la literatura se encuentra próximo a la frontera de la poesía. Las ciencias son bellas como toda vía de conocimiento, y lo son en su pureza los “números”, como Vd. dice. Yo prefiero las ciencias inexactas, como la Sociología o la Estadística, y las ciencias de lo irracional, como la antropología y la Historia de las Religiones, dejando a un lado toda creencia.
 E.G.L.- ¿Qué es para usted la literatura?
            G.C.- Un intento de conocimiento y autoconocimiento, una especie de moral no normativa ni intransigente.
 E.G.L.- ¿A qué edad se percató de que su vocación era la poesía?
            G.C.- Hacia los catorce años, cuando empecé a leer. En aquel entonces, se leía en la Enseñanza Media, saludable costumbre que parece haberse perdido.
 E.G.L.- ¿Podía describir el proceso que suele seguir para la creación de sus poemas?
            G.C.- Decía San Juan de la Cruz que unas palabras se las daba Dios, y otras las buscaba él. El poema comienza por lo que Dalí llamó “evidencia emocional”: la llamada de algo o alguien, presente, pasado o desconocido, que exige ser tenido en cuenta, ser interrogado, indagado y formulado. Muchas de esas llamadas son falsas y sin futuro, y eso se revela cuando una vez abandonadas no vuelven; la mejor forma de ahuyentarlas es desdeñarlas, porque si importan volverán. La llamada puede ser una imagen punzante, una pauta rítmica aún sin palabras, una frase a veces incomprensible. Al ahuyentarla aportamos la piedra de toque de su autenticidad y también de la nuestra, en cuanto nos negamos al autoplagio y la química recreativa.
            Cuando algo se ha concretado hasta constituir un cuerpo textual, aunque sea incompleto y discontinuo, puedo trabajar para completar o rellenar algunas veces, casi siempre para suprimir o podar.
            El gran reto de la poesía, cuando es auténtica, consiste en seguir diciendo esencialmente lo mismo de siempre pero de modo distinto, y con novedad no fraudulenta de espantajo ruidoso. Esa es la famosa angustia ante la página en blanco: no el hecho de que lo esté. En realidad, si de verdad lo estuviera, la escritura sería una aventura gozosa, un siempre feliz descubrimiento. Pero no lo está: es un palimpsesto mal raspado, en el que siempre quedan vestigios. En todas las páginas en blanco han escrito miles de versos la tradición y la Historia; el papel, tan manoseado, es cada vez más tenue, más frágil. La angustia ante la página en blanco no es que no sepamos qué escribir, sino que lo sepamos demasiado.
El amor – sea lo que sea – se hace asimismo sobre una página en blanco, y el papel de la primera se confecciona, entre otras cosas, con la tela de la segunda. Debajo de la cama puede haber esqueletos que perturben el acto amoroso; debajo de la página los hay siempre. A veces las sábanas no están lo limpias que debieran, pero las páginas siempre están sucias. Encontrar razones para no ser melindroso ante la blancura dudosa es un reto que las culturas y las personas deben inexorablemente afrontar.
La aventura de decir de modo distinto lo que se siente distinto – y no debería escribirse lo que no se siente así – es la mejor hormona poética. Y lo es asimismo la convicción de tener algo que decir, con la vocación emocional que equivale a la evidencia. Lo uno lo percibe el lector tanto como lo otro; combinados en distintas proporciones evitan que el lenguaje se autodestruya recién escrito.
E.G.L.- ¿Sobre que temas no le gustaría escribir? Me explico, seguro que a Miguel Hernández no le hubiera gustado tener que escribir sobre la miseria y la pobreza…
            G.C.- Creo que Miguel Hernández, como todo escritor, le debió a sus desgracias, frustraciones y fracasos la mejor de sus motivaciones: la profundamente arraigada en la realidad de lo intensamente vivido. En cuanto a mí, no quisiera tener que escribir poesía de encargo o de propaganda, sin creencia visceral e intelectual: no quisiera caer nunca lo que llamó Benjamin Péret, en un opúsculo esencial de 1945, El deshonor de los poetas.
E.G.L. - ¿Qué sintió cuando en el año 2000 recibió el Premio Nacional de Poesía por su obra Verano inglés?
            G.C.- Tuve la convicción de que Manuel Machado estaba en lo cierto cuando escribió que “ser feliz y artista no lo permite Dios”.
E.G.L.- ¿Está escribiendo algún poemario en la actualidad? ¿De que trata?
            G.C.- Yo nunca escribo “poemarios”, palabro espantoso – perdóneme – que no puede aplicarse a mi modo de ver a un libro de poemas. No, no estoy escribiendo nada. Después de Cuatro noches romanas he tenido fumarolas y réplicas sísmicas de ese libro, pero las he ahuyentado como era mi obligación. Espero el próximo terremoto.
E.G.L.- ¿Qué diferencia hay entre un poeta auténtico y un mero hacedor de poemas?
            G.C.- Para el primero, su tarea ha de estar siempre transida de sorpresa y descubrimiento. El segundo traiciona su misión cuando se autoimita como un mero artesano.
E.G.L.- ¿Considera que los trovos huertanos, el canto de los Auroros en el Levante o el flamenco son poesía?
            E.G.L.- Perdone mi ignorancia absoluta sobre lo primero y lo segundo. En cuanto al flamenco, “mantiene mis entusiasmos mudos”, como decía Rubén Darío en la Epístola a la señora de Leopoldo Lugones. ¿En qué estaría pensando Juan Ramón cuando escribió aquello de “jipío, berrido, pataleta y espumarajo general”? No me creo autorizado a tener una opinión a propósito del flamenco, y en lo poco que vale la mía, creo que en él lo esencial es la música y la modulación del canto; las letras me parecen demasiado simples para existir por sí solas como poemas, aunque suelen basarse en algo tan efectivo como la repetición litánica. Prefiero oír a Haydn, que es más reposado, variado y rico en matices, aunque la eficacia sensorial del flamenco es muy grande, por supuesto.


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